Lulú, escribimos en la admiración. Hubo tantas historias con su santo
y seña, con su mapa oficial: Lourdes Valera. Hubo, sobre todo, un rigor
en su oficio. Una pasión en su disciplina. Creo no exagerar si digo en
voz alta que nadie besó tanto una vocación. Su mejor oxígeno era el
escenario. Era su reino. Su planeta personal.
Ella fue tantas personas. En el íntimo teatro, en la multitudinaria
televisión, en la butaca de las películas. Lulú fue La Chata, la Zurda,
Burusa, Cerebrito, Purificación. Fue Delia Fiallo, fue Cabrujas,
Garmendia, Lamata. Fue telenovela, fue parlamento final, fue carcajada
en el proscenio. Lulú nos hizo a todos más felices. Y casi no nos
dábamos cuenta.
Era parte de su don: la levedad de ser definitiva. Su risa era un
énfasis en nuestro álbum cotidiano. Un sonido archivado. Un resguardo.
Yo la nombro desde la comarca de un liceo, desde el sacramento
incorruptible de la amistad, desde el abrazo ritual de su boda con Luis
Alberto Lamata. Ellos, lo digo sin impudicia, quizás de las más
poderosas instancias de amor que he conocido. La nombro en todas mis
historias de televisión. Le digo amuleto, virtud y maravilla actoral.
Lulú fue la confidencia, el pasillo, la solidaridad. Llegar a su espacio
era abrir una casa de aire y cobijo. Supo estar en la vida con la
fiesta de los que vuelan. Fue reina en los códigos de la ficción. Era la
comedia y el drama, la sutileza y la certidumbre. Les hacía la vida más
plena a sus personajes. Los convocaba a crecer, los alimentaba desde el
respeto, los llevaba a los estudios de televisión, los sets de
filmación, los camerinos, agarrados de la mano, sin posibilidad de
traición o desamor. Supo, como nadie, urdir personajes característicos.
Esos que llegan y marcan, que anochecen o iluminan, que te hacen reír
para siempre y te exigen fabricar otros aplausos. Lulú fue la
unanimidad. La actriz que nadie supo ignorar. El talento que se ovaciona
en el inventario. Quererla era tan fácil. Tan necesario. Actúo con
todos y para todos. No hay ciudadano de este domicilio llamado Venezuela
que no la haya celebrado. La última vez, pocos días antes de morir, la
vi luchando sin aire, animosa y corajuda, pero devastada por una
enfermedad que no conoce la piedad. Y entonces ese estupor de verla así,
tan amiga, tan muchas veces, tejiendo un abrazo y comenzando a irse
para quedarse. Su sonrisa, es decir, su insignia, pulsaba para salir a
flote y pronunciar la vida. Me quedé arrasado por lo inminente. Ella
seguía hablando del oficio, de lo risueño, de lo que palpita en las
miradas. Seguía siendo Lourdes Valera, el duende y la magnífica.
Comienza ahora un silencio llamado eternidad. Queda su brillante vida.
Su impecable carrera. No hay escritura que la alcance en el homenaje
merecido. No hay lágrima que no sea aplauso atronador. No hay adiós
posible. Hay Lulú en todos nosotros. Muchas veces. Tantas veces Lulú!
No hay comentarios.:
Publicar un comentario